El protagonista involuntario fue un muchacho que viajaba sin billete y sin dinero. Descubierto por el revisor del tren, Anacleto Toledano, el joven explicó su situación únicamente por señas, declarando ser mudo y carecer de recursos. Lejos de mediar compasión o aplicar una sanción proporcionada, el revisor reaccionó con furia: agarró al muchacho y lo arrojó por la ventanilla del vagón a la vía, con el tren aún en marcha.
El resultado fue inmediato y grave. El joven quedó tendido con heridas de consideración hasta que otro tren lo recogió y lo trasladó a Madrid, donde pudo declarar. Allí afirmó llamarse Florentino Escala, un nombre que, más allá de la crónica, representa a tantos otros invisibles de la época: pobres, discapacitados o simplemente sin voz ante la autoridad.
El hecho no quedó impune. El revisor fue detenido y conducido al juzgado de guardia, un desenlace poco habitual en un tiempo en el que los abusos de poder solían quedar silenciados, especialmente cuando las víctimas pertenecían a los estratos más vulnerables de la sociedad.
Esta noticia, breve en palabras pero enorme en significado, retrata con crudeza la desigualdad social, la falta de protección a los más débiles y la violencia institucional normalizada en la España de principios del siglo XX. Más de cien años después, su lectura sigue interpelándonos: no solo como recuerdo histórico, sino como advertencia permanente sobre lo que ocurre cuando la autoridad se ejerce sin humanidad.
